viernes, 17 de abril de 2015

LOS SUEÑOS DE LA NOCHE ME HAN LLEVADO HASTA EL MAR

LOS SUEÑOS DE LA NOCHE.

Los sueños de la noche me han conducido hacia el mar, mar interior, encrucijada de caminos, espejo de viejas civilizaciones. Mar de multitudes que abrasan sus cuerpos tendidos sobre las arenas de las playas bajo el inexorable astro sol. Mar también de sosiego, de recia y brillante luz,   de excitantes colores,  olores y sensaciones. 

En sueños, una lejana mañana de octubre de cielo nuboso, de  lluvia ligera  que permanece sobre  plantas y camino. Mañana de aromas de mar, de húmeda tierra, de cantueso hollado, de  resina y pino. Mañana de  oleaje que golpea  las orillas rocosas. Mañana en que el erguido Peñón  sobresale entre las nubes que lo cubren de cintura para abajo.  Mañana sin embarcaciones en la bahía y silencio, mucho silencio, salvo el sonido de las olas que se desplazan. Mañana sin pescadores en la mar que bien conocen  el refranero popular, “quand Ifac porta capell, pica espart y fes cordell”.

En sueños, la brisa de la mañana y los indescriptibles olores, mezcla de tierra y mar, el amanecer junto al Peñón y los dorados rayos que se expanden sobre la  apacible mar, vacía aún  de la marea de bañistas. El desayuno reposado con el ventanal abierto hacia la mar y el siempre presente Peñón. Y conforme crece el día, la luz brillante del Mediterráneo y el azul  intenso de la mar.

En sueños, el paseo tempranero, camino de la playa. La mirada hacia la señera arquitectura y tantas y tantas obras sin estética, fruto de  precipitación y  especulación. La mirada hacia mansiones protegidas por  bellas paredes, obra de expertos canteros; hacia los grandes pinos residuales, los viejos olivos y algarrobos que cubren el suelo de frutos; hacia el colorista jardín de geranios, pelargonios, hibiscos, buganvillas y jazmines de intenso perfume. La mirada hacia  la montaña urbanizada, hacia la escarpada sierra de verde y blanco recortada sobre el azul del cielo. Y cada mañana,  el agradable trayecto en el que sientes la vida sin preocupación, como tantos y tantos turistas que hallan en estas tierras su particular paraíso terrenal.

De repente, el bullicio de la playa, los mil colores de sombrillas, toallas y trajes, los olores de cremas bronceadoras o protectoras, el deporte sobre las arenas y las aguas. Periódicos y libros bajo las sombrillas, niños construyendo castillos y pozos en los que pronto surge el agua.

En sueños las calles estrechas del viejo Calpe, aquellas pendientes cuajadas de flores, el ilustrativo museo, la angosta puerta del mar y las refrescantes cervezas entre los habitantes del lugar.

En sueños el sopor de la tarde, la siesta a la sombra y el cálido viento que enrojece la piel de forma desigual como si de remiendos corporales se tratara. Pasadas las horas, el descenso a las limpias rocas y aguas color turquesa, tranquilas, lejos de la algarabía playera. Posteriormente, cuando el sol se despide, sopla la  brisa de la tarde y las temperaturas se hacen bonancibles, sientes la relajación en el paseo, en el refresco y conversación, la cena frugal y la mirada hacia las tintineantes luces sobre las aguas, la luna llena sobre el Peñón o la bahía en la que pequeñas embarcaciones disfrutan de un espectáculo sin igual.









El alba está cerca y a través de la ventana entreabierta entra el frescor que te despierta y te vuelve a la realidad. No estás en la mar; ha sido un sueño confuso acerca de existencia vivida que desearías de nuevo recobrar.    

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