domingo, 27 de noviembre de 2016

RECUERDOS Y NOTAS DE VIAJE: ORDESA, FAJA DE PELAY Y EL ENCUENTRO CON SHEILA.



La larga noche de Torla no mermó fuerzas ni ilusión para realizar la ruta elegida, La Senda de Cazadores y  Faja de Pelay.


Desde el  Camping Río Ara salía temprano y a la hora establecida, ocho de la mañana, todo estaba dispuesto en la pradería de Ordesa aquella mañana fresca de julio en la que era conveniente abrigarse. 

Desde el verde espacio se contemplaban las  Proas, cortadas a pico en la orilla izquierda del limpio río Arazas u Ordesa. Imponía sobremanera el enorme tajo de más de 600 metros y uno pensaba si no sería demasiado tras la jornada festiva anterior. Sin apenas carga, excepto agua, algo de comida y cámara fotográfica cruzaba el Arazas y me dirigía hacia el bosque por donde la senda serpentea hasta la primera de las Proas. La ausencia de lluvias en los días previos, acompañados de altas temperaturas en el centro del día, mantenían la senda seca aunque la abundante piedra suelta, los troncos de árboles y ramajes invitaban a la precaución en un zigzag de más de dos kilómetros que parecía no concluir.  El ágil ritmo me hizo entrar en calor de inmediato de forma que pronto sobraba parte de la ropa. Pretendía medir mis fuerzas tras un periodo de inactividad. Varias veces fue necesario detenerse y tomar aire ante tan acusadas pendientes. Una vez  restablecido, el ritmo volvía a ser el de antes. Empapado llegaba al último tramo, el que se hizo más exigente que el resto tal vez por el ansia de conquistar la Proa y probarme a mí mismo física y mentalmente. No estaba mal de forma; había subido en cerca de media hora menos que la pronosticada por los amigos de Torla; la verdad es que eran poco andarines.

Había superado la prueba más dura, convencerme a mi mismo que a pesar de tiempo inactivo, largo viaje y fiesta nocturna, era capaz de caminar como en los mejores tiempos, vencer mis propios miedos. El idealizado paisaje ya era  realidad en aquel hermoso día. Caminando a la sombra del tupido bosque, poco a poco, la majestuosa naturaleza  me había infundido el ánimo juvenil que todo lo puede. ¿Qué más podemos pedir? Exultante, gozaba con el panorama que tenía ante mí como el más bello nunca antes contemplado. ¡Convencido!, no hay fatiga ni desaliento que no venza la ilusión recobrada.

¡Qué espectáculo! Llegar a la Proa mayor, el mirador y el refugio de Calcilarruego merecía la pena. Era difícil imaginar que desde allí pudiera contemplarse tanto…, tan hermoso, tan emotivo…; eso sí, imponía el acercarse al borde del mirador. Después de sosegar un poco y tomar  fruta no podía faltar el recrearse con la mirada y realizar fotos para el recuerdo. Sin duda, un momento memorable al divisar el circo de Cotatuero con su gran cascada y la Fraucata desde aquella balconada.

A partir de aquí, salvo pequeño tramo, la ruta es suave, siempre cercanos al vacío, con excelentes perspectivas en todo instante. Impactante la vista de la conocida Brecha de Rolando y el borde del cañón bajo los pies así como los cortados de la vertiente opuesta. Mirando hacia lo alto, poco a poco la vegetación arbórea va desapareciendo sobre nuestras cabezas en la Sierra las Cutas y la Custodia  en aquel agreste terreno calcáreo que forma cornisas conocidas como fajas  que  pueden considerarse cinglos o cingleras, formaciones erosivas abundantes en esta litología. En algún punto, entre la verde hierba, surge el edelweiss o flor de las nieves y los  frecuentes  pinos negros, bien adaptados a las alturas, acompañan parte del itinerario. A trechos aparece material derrubial; en todas direcciones se contemplan las extensas cornisas de la roca madre y la insólita y generalmente plana estratigrafía. Desde cualquier lugar, las bellas vistas del grandioso parque sobrecogen al más insensible de los humanos. En definitiva, el marco más impresionante que hasta entonces hubiera recorrido.

A la sombra de un pino negro detengo mis pasos y tomo agua fresca bien conservada en la cantimplora. Sentado sobre la roca, sin alma en la senda, inaudito ante los actuales rosarios humanos, es mi ser el que palpita y se entusiasma,  es emoción contenida ante aquel paisaje que hollaran cazadores y lugareños al que el francés Lucien Briet encumbrara tras sus diversos recorridos por el más bello parque de nuestra geografía desde finales del siglo XIX hasta los años veinte del siguiente siglo. Soy afortunado al disfrutar en soledad de tanta belleza formal y botánica, de los “sonidos” del silencio, del canto de aves desconocidas, de la luz amortiguada que se cuela entre los árboles y del creciente sentimiento de bienestar tras conseguir el reto marcado de ascender hasta las Proas. No siento cansancio después de haber realizado lo más complicado. Ahora ya todo es coser y cantar. Conozco bien el trayecto de descenso desde la Cola de Caballo hasta la Pradera donde pienso llegar con tiempo suficiente para comer y departir con los amigos que allí trabajan.

Pocas sensaciones tan gratificantes como saborear cada instante, cada paso dado, cada flor…, de intenso azul, blanca, amarilla, de aterciopelada nieve; el sol o la sombra, el aire que respiro, el enorme cortado, el blanco de la caliza, los dispersos neveros frente a mi, el enhiesto y ocre Tozal, el árbol que se aferra al rocoso vacío como gótico pináculo catedralicio, los rodales de amarilla floración en la distancia, el serpenteo de la senda que, desde las alturas, contemplo hacia el circo glaciar, las aguas que se despeñan en gradas continuadas, el pedagógico valle excavado por la ingente fuerza de los hielos cuaternarios, el ágil salto del sarrio pirenaico…  

Desde lejos se contempla el Circo de Soaso. Las nubes impiden ver las Tres Sorores donde Monte Perdido aparece despejado por poco tiempo. Hace calor y una especie de calima resta nitidez al ambiente lejano mientras vas recordando la leyenda escuchada acerca del origen de las Tres Sorores que se ciernen sobre lo más elevado del Parque Nacional.

Los últimos kilómetros son de descenso hasta llegar al Circo de Soaso donde se inicia la subida a Góriz y donde poco más adelante se encuentra la Cola de Caballo.


Bajo la cascada hay un grupo de personas; más cerca de mí, junto al río, una joven se refresca en las gélidas y trasparentes aguas del Arazas.

-¡Hola! Te has quedado rezagada del grupo. ¿Refrescándote?

-¡Hola! No pertenezco a él. Nos adelantaron cuando tomábamos algo en las Gradas. Es verdad, me refresco. Hoy hace calor y estoy cansada.

-Cierto. Esta mañana hacía fresco; después, llevo kilómetros  en los que he sentido bastante calor. Pensaba que eras del grupo que se halla junto a la cascada.

- No…, estoy sola. Mis amigas se han quedado en las Gradas. Decían que estaban hartas de subir y que allí me esperaban si yo quería continuar. Es la primera vez que vengo; no conocía la Cola de Caballo, me apetecía llegar hasta ella. Bueno…, me llamo Sheila. ¿Y tú?

-Yo me llamo Joaquín.

-¿También vienes solo? Me pareció ver una persona descendiendo a buen paso por la senda de enfrente. ¿Eras tú?

- Sí, he subido hasta las Proas y después por la Faja de Pelay he llegado hasta aquí. No he encontrado a nadie en el camino. Merece la pena acceder hasta Calcilarruego. Es impresionante pero la subida hasta el mirador tira bastante. Generalmente camino rápido aunque también me detengo haciendo fotos o tomando notas de algo que me parece interesante.

- Eso es demasiado para mí. No estoy acostumbrada a largos recorridos aunque me encanta disfrutar de la Naturaleza. ¿Has venido en alguna otra ocasión?

- Ésta es la tercera vez que llego hasta Ordesa, sin embargo la Faja de Pelay no la había hecho nunca. Venir hasta la Cola de Caballo es fácil; las otras ocasiones hice este recorrido, el del Circo de Cotatuero y desde allí hasta el Bosque de las Hayas.

- Será fácil para ti. Para mi es un triunfo venir hasta aquí, además sin preparación ninguna.

- Y sin comida alguna por lo que veo.

- No traigo nada. Tomamos chocolate y frutos secos en  las Gradas de Soaso. Mis amigas se quedaron con agua y fruta.

- Yo no cogí mucho para no subir con peso pero tengo agua, algo de embutido y frutas por si te apetece. Yo comeré algo antes de descender.

- Vale, yo también. Te lo agradezco. Necesito reponer fuerzas. Cuando lleguemos, comeremos en el restaurante de la Pradera. Luego viene a recogernos el amigo que nos trajo desde Jaca esta mañana. El tenía que hacer algunas cosas en Ainsa. Nosotras estamos varios días de vacaciones en Jaca y alrededores.

- Mi idea es la de comer también en el restaurante. Trabajan allí dos amigos.

Sheila seca sus pies al sol, se calza, refresca su rostro y manos y dice que está dispuesta a reponerse del esfuerzo. Es una chica muy simpática, parece muy sencilla. Tiene rasgos muy agraciados con permanente sonrisa. Estudia Biología y según dice este tipo de excursiones son prácticas para ella.

Cuando acabamos el refrigerio nos acercamos a la Cola de Caballo,  iniciando a continuación el descenso hacia las Gradas. Hablamos sobre el circo glaciar, los enormes farallones a nuestro paso, la colosal verticalidad del valle en U modelada por masas de hielo de cientos de metros de espesor, las clavijas y el vértigo, sobre el anidamiento del quebrantahuesos, sobre las surgencias Kársticas, sobre sarrios y bucardos, sobre la vegetación que se aferra a la roca, sobre el espectacular Parque, sobre los estudios, sobre la vida en general…


Hubo un momento que me sorprendió con sus palabras y la alusión a su familia.

-Mi madre es licenciada y como sabe que yo y mis hermanos vamos bien en los estudios nunca nos dice nada, solamente “si podéis, ayudar a los compañeros de clase y ser educados, tratar siempre a las personas como os gustaría que os trataran a vosotros; no seáis presumidos por sacar buenas notas”. Mi padre no ha estudiado pero es una persona de gran sensibilidad y práctica. Siempre nos repite lo mismo en el mejor de los sentidos, “estudiar en los libros, razonar, pensar, ser críticos. Pero no solo en los libros, también a vuestro alrededor, en la naturaleza que lo tiene todo. Relacionaros con la gente, siempre con educación.  Hablar con todo el mundo, con el pastor, el agricultor y quienes encontréis a vuestro paso. De todos se aprende. Donde menos penséis hallaréis  gente que os enseñará algo y vosotros también enseñaréis; en el viaje por la vida  descubriréis parte de vuestra felicidad a la vez que hacéis felices a otros”.

Ante aquellas palabras no pude por menos que reaccionar.

-¡Estupendo! Eso es educar bien a los hijos si ellos lo entienden.

- Creo que nosotros tenemos esa lección bien aprendida.

- Me alegra encontrar personas así. ¿Será esa forma de pensar la que te ha llevado a conversar con un desconocido como yo? En la montaña nos saludamos todos pero no siempre es posible entablar conversación y hacer recorrido juntos salvo en momentos de dificultad.

- Te he dicho que me gusta hablar, escuchar y aprender. Me has  inspirado confianza. Has compartido comida conmigo y tu conversación me resulta muy agradable.

- Ya veo que te gusta hablar y relacionarte. Tu forma de expresarte y la sensación de felicidad que trasmites  inspira confianza también.

- Esa es otra de las lecciones que nos infundieron nuestros padres tanto a mi como a mis hermanos, “ser felices, sonreír para vuestro interior y para los demás; vuestra sonrisa de felicidad puede ayudar y hacer felices a quienes estén a vuestro alrededor”.

- Gracias Sheila. Me alegra escuchar estas palabras. Eres muy joven pero hablas, piensas como si tuvieras muchos años y  mucha experiencia.

Al llegar al inicio de las Gradas sus amigas ya no están. Han dejado una nota sobre la piedra en la que estuvieron tomando los frutos que decía, “estamos en la cascada final de las Gradas; allí nos vemos”.

-¡Sheila, mira…! En este pequeño espacio de hierba vi por primera vez la flor de las nieves. Había tres, una mayor y dos muy pequeñitas. Después no he vuelto a verla en estos lugares, sí a mayor altitud. Esta mañana la he apreciado en dos puntos en la Faja de Pelay.

- No la he visto nunca excepto en fotos. Me encantaría poder verla in situ pero creo que cada vez es más complicado a pesar de su protección. Nos comentaron en Jaca que hay personas que las recogen y después aparecen en tiendas de regalos. No lo veo muy lógico.

Realizamos unas fotos y seguimos caminando al encuentro de las amigas de Sheila. Desde la parte superior de la cascada vemos un grupo numeroso que juega con el agua, realiza fotos, se recrea. Sus amigas están sentadas hablando. Al llegar hicimos las presentaciones y comenzamos a caminar juntos. El ritmo de sus amigas era cansino; no me extrañó que no llegaran al final. Charlaban, charlaban…, no parecía que observaran la grandeza de cuanto tenían alrededor. Su paso no era el mío y por lo que pude ver tampoco el de Sheila que aunque decía que no estaba acostumbrada se movía con soltura. Llevaba el ritmo de experta senderista, al menos en el descenso.

Tras un pequeño trayecto decidí seguir por mi cuenta. Ir tan lento me cansaba más; por otro lado quería recrearme en la Cascada del Estrecho y en el Bosque de las Hayas.

Sheila habló con sus amigas; tras ello se puso a mi lado para continuar ruta. Llegamos hasta  el  Bosque de las Hayas lugar donde desemboca la estrecha senda que sale de Cotatuero. Le expliqué a Sheila que la hice en una ocasión y que pasé miedo. No volvería a hacerla en las mismas condiciones. Yo iba solo pero un padre con un niño de ocho años me pidió que si podía ayudarle. El niño iba en medio y yo que iba el primero tenía que mirar continuamente atrás, especialmente en algún paso complicado. Me preocupaba que hubiera cualquier percance.

-Joaquín, ¿siempre haces los recorridos solo? Es un poco arriesgado.

-No siempre. Depende de la zona, el interés que ofrezca desde el punto de vista natural o cultural y por supuesto si me apetece disfrutar de forma muy especial. Cuando empleo muchas horas a pie voy solo y cuando quiero estudiar el paisaje o las diferentes manifestaciones también. Mis largos recorridos y charlas con las gentes de los lugares suelen ser aburrido para otras personas y a mi me encanta. Ya se que puede parecer extraño, que en circunstancias es arriesgado pero hasta ahora me ha dado buen resultado y muchas satisfacciones.

-Yo he salido muchas veces con la familia, amigos y con la Facultad; jamás se me ocurriría hacer una excursión solita aunque quizás tengas razón que para disfrutar de la Naturaleza y estudiarla como a mí me gusta sea la forma más conveniente.

El Bosque fue la excusa perfecta para hablar acerca de las hayas. Aunque Sheila no conocía in situ los hayedos de nuestra geografía tenía  buen conocimiento de su distribución y características. Hablamos sobre los del Moncayo que estaban cerca de su casa y los había visitado  con la Facultad y su familia. Yo los conocía a través de varias de mis excursiones moncaínas. A la par que hablamos de las hayas comentamos sobre Veruela y Bécquer, sobre Trasmoz, Vozmediano y el Queiles, La Virgen del Moncayo, la cumbre del mismo nombre y cómo no, de la mudéjar Tarazona.

-Sheila, ¿cómo sabes tanto de literatura relacionada con Bécquer y el Marqués de Santillana?

-Es lógico. Mi madre es profesora de Lengua y Literatura. Nos ha empapado de estos y otros autores y todo lo que tiene que ver con la zona donde vivimos, sitios sobre los que ellos escribieron.

- Me has dejado perplejo cuando has nombrado a los Siete Infantes de Lara y los Campos de Araviana. Creo que es algo poco conocido.

-Es posible. A mi madre le ha gustado visitar aquellos lugares sobre los que hay leyendas y éste es uno de ellos. Hubo tiempos en los que salíamos con frecuencia los cinco de familia; mi madre nos explicaba una y mil cosas de cada uno de estos paisajes, nos leía in situ y también en casa.

-¡Qué suerte la tuya y qué bien has aprovechado el tiempo!

-Es verdad. En casa siempre hubo mucho ambiente de estudio; eso tiene que notarse.

 Descendimos hasta la base de la cascada del Estrecho. Estaba espectacular. Allí comenzó a hablarme acerca de las aguas esmeraldas de los ríos calcáreos, de la fauna acuática, muy en especial del desmán de los Pirineos y luego  del bucardo. Se apreciaba que estaba bien informada y que sus estudios de  Biología le gustaban. Decía que el bucardo tenía los días contados, que posiblemente viviera en la vertiente izquierda del río*, sobre los abruptos roquedos.

Sin buscarlo había encontrado una grata compañía de viaje. Estaba muy a  gusto  y disfrutaba de sus explicaciones. Sheila hablaba siempre con mesura; sabía lo que decía. Es más, al conocimiento y al verbo bien utilizado acompañaba siempre la sonrisa. Mis intervenciones eran menores que en otras ocasiones; estaba sorprendido de sus conocimientos a pesar de su juventud.

El camino desciende en zigzag y a la izquierda se encuentra la cascada de la Cueva. Otra parada más, nuevas fotos y siempre la amena conversación sobre tan bellos lugares. Al llegar al Puente de Arripas, sobre la Cascada del Abanico, decidimos seguir la margen izquierda del Arazas ya que Sheila había subido por la otra orilla. El bosque es majestuoso, la senda fácil y entretenida donde a trechos encontramos el lirio pirenaico y flores desconocidas para mí que para Sheila ofrecen gran interés. Al lado de la senda, un ramo de flores todavía frescas y la señal de haber establecido una tienda de campaña lo cual nos sorprendió ya que lo uno y lo otro está completamente prohibido. ¡En la viña del señor hay de todo! Como en otros puntos del Parque es habitual ver las ardillas saltar y gatear por los árboles ¡Es una delicia! Aquí, la senda está más distante de la corriente, es más umbría, sin inconveniente alguno para caminar en esta época del año.

Sin darnos cuenta hemos llegado al inicio del camino que asciende a las Proas, el seguido por mí esta mañana. Hemos cruzado el Arazas, entrado en la Pradera y esperamos la llegada de las amigas de Sheila. Tardaban y hemos ido a refrescar la garganta. Era conveniente después de una larga caminata sin parar de hablar.

-Joaquín, te invito a una cerveza.

-No Sheila, invito yo.

-Ya me has invitado antes a tomar algo contigo.

-Es igual; vale, nos invitamos mutuamente.

- Perfecto. Así no discutimos.

El salmantino Ciri estaba en su puesto de trabajo, como siempre activo y muy pendiente de la clientela.

-Pero bueno… ¿ya estás aquí? Tú no has hecho la Senda de Cazadores. Es imposible después de  las cervezas de la noche y lo tarde que te marchaste. Te fuiste después de las tres de la mañana al camping ¿Qué ruta has hecho?

-La que ayer decidí; la Faja de Pelay. Me dormí inmediatamente y a las siete desperté. Me costó desperezarme un poquito pero bien…

- No te creo. ¿Cómo has podido levantarte tan pronto?

- Mi objetivo era realizar la ruta y aunque me ha costado al principio he conseguido lo que buscaba. Bien…, aquí Sheila; aquí Ciri. Sheila te lo puede corroborar. Me vio cuando llegaba a Soaso por la Faja de Pelay. Desde allí hemos caminado juntos hasta aquí. Sabe un montón sobre esta zona y otras. ¡Ay si  todos los estudiantes tuvieran el mismo interés que ella, si supieran la mitad de la mitad!

- No exageres. Conozco algo pero me gustaría saber mucho más. Me he preocupado de estudiar y leer un poco sobre el Parque Nacional. Ya dije antes que estas excursiones son como prácticas para mí.

-Sheila, y… ¿este rollo de tío no te ha aburrido de tanto hablar? Joaquín, cuando sabe sobre algo, se explaya en exceso.

- No tanto. No me he aburrido en absoluto. Yo también hablo mucho pero me gusta escuchar.

- Natural que ahora tengáis tanta sed. Tomad otra cerveza. Con el calor que hace lo agradeceréis. Sheila.., ¿cómo te atreves a caminar sola?

- Comencé el itinerario con tres amigas. Llegamos juntas hasta las Gradas de Soaso. Después hemos seguido derroteros distintos. No hemos discutido; ellas son de movimientos lentos y hablan mucho más que yo. No creo que tarden en llegar. Comemos en  el restaurante.

- Muy bien. Perdonar, tengo tarea.

Las amigas de Sheila se lo habían tomado con mucha calma. Aparecieron en el restaurante cuarenta y cinco minutos más tarde. Comimos en la misma mesa y cada uno dio su versión del recorrido. Era evidente que las tres amigas de Sheila no habían disfrutado de la misma forma del itinerario por el cansancio, el exceso de conversación ajena al medio, la no observación, una sensibilidad y practicidad escasa comparada con la que yo había observado en Sheila.

A las seis de la tarde el amigo de Jaca estaba en la Pradera para recogerlas. Sheila se despidió de forma efusiva, me dio las gracias que yo le devolví porque aquella jornada, además de cumplir  el sueño de realizar la Faja de Pelay, sin esperarlo, había aprendido y disfrutado de los conocimientos, del saber estar de aquella joven universitaria como  pocas veces.

-Adiós Sheila, gracias. Te veo en Salamanca.

- Adiós Joaquín. Puedes estar seguro que en las próximas vacaciones voy a verte. Gracias, un beso.


*¡Qué razón tenía Sheila cuando hablaba de que el bucardo, la endémica cabra del Pirineo, tenía los días contados! Pocos años más tarde, en enero del 2000, encontraron al último ejemplar muerto bajo un árbol en la Faja de Pelay. 

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