jueves, 14 de junio de 2018

DE PASO POR CORIA


Quienes vivimos a orillas del Alagón y no tan alejados de su nacimiento, muchas veces hemos oído, “el Alagón por Coria y no por Monleón”. ¡Qué razón tiene este dicho popular!

A su paso por San Esteban es un río bravío en periodos prolongados de lluvias;  un curso intermitente al llegar el estío. Todo lo contrario cuando pasa por Coria. Es un río señor que riega los feraces territorios de las riberas extremeñas, en la actualidad apoyado por las aguas  embalsadas en Gabriel y Galán en el mismo río.

Son las nueve y media de la mañana, la temperatura se establece ya en veintidós grados, las terrazas de la arteria principal están ocupadas por hombres y mujeres que toman cafés, desayunos y algún aguardiente. A estas horas hay bastante tráfico en la Avenida de la Virgen de Argeme. En contrapartida, la ciudad antigua está vacía, apenas un transeúnte en gran parte del recorrido. Conforme avanza el tiempo, vehículos de motor y repartidores van llegando a los establecimientos.

Es delicioso pasear sin agobios estas calles de conquistadores (Cortés, Pizarro), de alusión urbano-topográfica (Albaicín), de tradicional bebida (Alojerías), de cargos de la Iglesia (Obispo Peris Mencheta)…, disfrutar de los paños y puertas de muralla de origen romano, con numerosos añadidos posteriores, de la torre del castillo de la casa de Alba, de la fachada del palacio episcopal…, acercarse hasta las puertas de  la catedral, todavía cerrada, y admirar las bellas puertas del Perdón y el Evangelio.


Asomarse al talud desde las inmediaciones de la catedral permite entender la elección de tan estratégico lugar, elevado sobre el río y dominando la rica vega coriana o cauriense, que ambos términos están permitidos. Desde aquí se aprecia el viejo puente medieval por donde no discurre agua debido a un desvío del cauce y donde prosperan los cultivos. A poca distancia naves industriales, más y más huertas, arboledas y al fondo las tierras de las dehesas. Bella panorámica para concluir un día de paso por esta urbe extremeña.

















lunes, 11 de junio de 2018

IDANHA-A-VELHA


Hay lugares tan apartados, tan lejos de la  moderna sociedad, que cuesta creer en su importancia histórica y rico patrimonio. Uno de ellos es Idanha-a-Velha.

Desde Monsanto nos hemos dirigido a Medelin y desde esta localidad a Idanha a través de una vía de dominante recto trazado y sin tráfico alguno. Al llegar a las inmediaciones, nada hace sospechar de lugar tan importante desde época romana hasta la Baja Edad Media. Y es que esta antigua fortaleza y sede episcopal parece haber sido olvidada hace tiempo y alejada de las principales vías de comunicación, hecho que sorprende cuando nos explican que su historia estuvo ligada a la ruta que unía Bracara Augusta, en el norte de Portugal, con Emerita Augusta en la vieja Lusitania. Sorprende también la ubicación, junto al río Ponsul y apenas unos metros por encima del cauce. Sería por ello que construyeran murallas defensivas de tan inusitada robustez y  fábrica tan impecable que habla desde antiguo de los excelentes maestros de la cantería. La muralla, en parte reconstruida y en parte expoliada, adopta un trazado tendente a la elipse con un perímetro superior a los setecientos metros que encierra intramuros el caserío desde los viejos tiempos hasta la actualidad. Llaman la atención una serie de construcciones aferradas a la muralla, de escasa altura y vertientes a dos aguas con desagüe realizado en granito. No menos llamativa es la amplitud de algunos espacios urbanos y el cuidado empedrado de sus calles.

Junto a la iglesia catedral, fruto de las excavaciones, se acumulan numerosos restos desde basas, columnas truncadas, epigrafía en granito y mármol, canalizaciones en granito, bases pétreas que sirvieron para el anclaje de puertas, estelas…  En la parte más elevada del conjunto, al lado de la torre del homenaje templaria, otro campo arqueológico deja al descubierto parte de la primitiva cimentación.  

Idanha es hoy una población venida a menos con  poco más de cincuenta habitantes en la que apenas vemos vida en esta tarde de primavera. Una señora mayor camina con dificultad apoyada en la muleta; otra sestea en los peldaños de la escalera y algo parecido hace un paisano en la casa de enfrente cerca del rollo gótico. Dos personas toman cerveza a la puerta del bar y rompen el silencio que inunda la histórica ciudad.

Antes de partir  paseamos extramuros junto al Ponsul y los bien anclados pasiles; cerca de la puerta norte nos entretenemos observando una cata arqueológica y los restos cerámicos acumulados.


La visita bien merece la pena aunque en esta ocasión fuera imposible ver la almazara y el interior basilical.