viernes, 19 de octubre de 2018

DE FONCEBADÓN A COMPLUDO


Hay quienes dicen que, “visto un lugar a él no vuelven más”, como si campos y ciudades simplemente fueran estático recreo visual, como si no fueran transmisores de emociones, como si no hubiera mutaciones en todo lo que nos rodea, como si nuestro estado de ánimo no cambiara.

Hay quienes pensamos de forma diferente. Hemos recorrido caminos y con el paso del tiempo hemos retornado  a esos lugares para  recordar, recrearnos, descubrir o redescubrir,  vivir las nuevas sensaciones que el paisaje depara en cada momento.

Hace años, tratando de organizar un viaje, me adentraba en los Montes de León, ascendía al puerto de Foncebadón y descendía a través de  la Ruta Jacobea hasta Ponferrada. La anterior visita a la Tebaida Leonesa, sitios como Montes, Peñalba, Valle del Silencio y eremitorio de San Genadio había dejado un poso, un cúmulo de emociones tal que  alentaban nuevo viaje.

Recientemente revivía con entusiasmo, como si fuera la primera vez, los abruptos paisajes de la montaña, las alturas de Foncebadón y la Cruz de Ferro, enclavada entre los miles de guijarros que van dejando los peregrinos a su paso. Son muchos los peregrinos que aquí se detienen, los que vienen a pie, los que utilizan la bici, los que ante las dificultades llevan vehículos de apoyo… ¡Cómo ha cambiado desde la primera vez que llegué al puerto! Hoy es un hervidero de personas que te entregan su cámara o teléfono para realizar la foto de recuerdo. Hay gentes de diferentes provincias españolas; las hay de Francia, Alemania, Italia, Dinamarca, Países Bajos…De edades muy distintas… Hay romeros que hablan nuestra lengua; otros que no entienden nada pero de una u otra forma quieren hacerse entender. Hay especial sintonía entre quienes peregrinan por la ruta que Godescalco estableciera como algo oficial allá por el año 950, previo tácito pacto con Roma.

Un grupo navarro te ofrece bota de vino y embutido, te preguntan acerca del porqué del viaje, te cuentan que son amantes de la bicicleta y que a pesar de la edad hicieron promesa de realizar esta ruta, que su próxima parada es en Ponferrada, que les colma de emoción  el ambiente del Camino, que ansían pasar el Cebreiro y en pocas etapas llegar a Santiago y si no hay inconveniente al Finis Terrae.  Se palpa el regocijo de quienes, por unas u otras razones,  desean llegar al Campus Stellae.

La  estrecha y pendiente carretera nos acerca al Acebo, vía que apenas ha cambiado desde hace más de veinte años. Es incomprensible que esta milenaria ruta se mantenga en estado tan lamentable; “cosa de políticos” dicen las voces populares. Promesas hoy,  lustros y lustros de incumplimientos. Los peregrinos de la bici forman un rosario en el descenso; los de a pié se van sucediendo en grupos o en solitario por camino paralelo. ¡Pena da ver la dificultad con la que caminan algunas personas con los bastones y la pesada mochila a cuestas! Quizá hicieron una promesa, tal vez quieren redimir sus culpas, quizá esperan la gracia del cielo ante una enfermedad o quién sabe, son habitantes urbanos que desean encontrarse a sí mismos, huir de la vorágine de los  tiempos, hallar la paz interior y el disfrute de los sentidos en el espectacular territorio que les rodea.

En este paisaje de acentuadas pendientes, de dilacerados y profundos valles, de densos matorrales y arboledas, de poblaciones apenas comunicadas, lejanas y dispersas, podría el viajero sentirse perdido si no fuera por el incesante trajinar por la Ruta Jacobea. ¡Y pensar que desde tiempos lejanos se horadaron sus peñas, se construyeron canales, se realizaron trasvases, se acribaron sus arenas y fundieron minerales! Da la sensación de que este mundo ha dado marcha atrás. No se escuchan los picos taladrando, ni discurren aguas por los canales, ni la voz poderosa del pastor llama al rebaño, ni  fluye la vida en las pedanías  diseminadas.

El desvencijado aunque llamativo caserío del Acebo que conocimos en el pasado se ha remozado. Fachadas y tejados ofrecen el acicalado aspecto de un singular pueblo que vive del Camino. Los servicios se han multiplicado y la población se ha incrementado gracias a la estratégica situación.  Seduce  la estética de estos pueblos calle, de pétreos  muros, escaleras externas, salientes  balconadas y tejados de pizarra. Entusiasma el incesante peregrinaje multiétnico, de todas las edades y condición humana, la armonía en los grupos, la espera a quienes van más lentos, los gestos, los saludos, el apoyo entre caminantes. ¿Qué une aquí a las personas, es la religión, es la dureza de los caminos, es la transformación que sufren las gentes en el peregrinaje? Si lo que aúna a las personas y las hace más solidarias es el simple hecho del peregrinaje, quizá todos los humanos debiéramos peregrinar al menos una vez en la vida.

Cinco kilómetros separan El Acebo  de Compludo, kilometraje vertiginoso y serpenteante cuajado de belleza que conviene hacer con calma no sólo por el peligro de la carretera sino por disfrutar del paisaje  en algún momento.

Abajo, en medio de un vergel forestal que huele a verde y humedad  donde las cantarinas aguas te recrean el oído, llegas a la herrería de Compludo en excelso emplazamiento y más tarde al pueblo.

Son lugares apartados, lugares de silencio como todos aquellos que conforman la Tebaida Leonesa, históricos espacios cuya toponimia  suena a visigodo, a santidad, a vida eremítica, a ancestrales artilugios que permitieron una época más floreciente que la actual en la que los habitantes son pocos y la vida cada día  más complicada.

¡Cómo no emocionarse ante tanta belleza natural, tanta historia, tan hermosa arquitectura popular y  prolongado  silencio que solamente el circunstancial  golpeteo del martillo pilón o el agradable rumor de las aguas rompe cuando te acercas a ellas y sigues la corriente!


Una vez más mereció la pena perderse en las soledades de las fragas interminables y disfrutar los momentos únicos que estos paradisíacos paisajes te regalan. Son regalos y sensaciones que reconfortan el alma.



























jueves, 11 de octubre de 2018

CASTRILLO DE LOS POLVAZARES


Cuando cesa la lluvia y en el cielo se abren algunos claros, un rosario de  romeros, siguiendo  la milenaria ruta peregrina a pie o en bicicleta, va acercándose a Castrillo de los Polvazares por donde pasarán sin detenerse para cubrir a tiempo su etapa diaria.

Es mediodía y el singular conjunto maragato de calles empedradas, casas de cuarcita, pizarra y arenisca, de llamativos tonos rojizos y grandes vanos hacia los patios interiores,  está vacío. Muchos de los negocios de esta turística localidad están cerrados en este día en medio de semana en el que al fin, en uno de los locales abiertos, te ofrecen un café de puchero y la posibilidad de comer el cocido maragato más adelante.

Si sorprendente es la sencillez de su trama urbana,  la uniformidad del caserío, el contraste de verdes, blancos y  arcillosos matices, no menos impactante es el desierto humano y el silencio en sus calles, vivo contraste con esas jornadas multitudinarias en las que el aparcamiento está repleto, las calles abarrotadas de público y los restaurantes sin mesas disponibles. En estos momentos parecería un pueblo fantasma si no fuera porque ves un patio abierto y personas que hablan dentro u observas el pan colgado en las puertas de algunas casas lo cual denota viviendas habitadas.

El viajero se siente a gusto en este tranquilo lugar. Tiene tiempo de recorrer la ancha y  alargada Calle Real, las calles que discurren paralelas o las pequeñas callejas, contemplar los escudos nobles, las verdes balconadas, las flores de sus ventanas…,  sentarse en uno de los numerosos poyos junto al gran portón donde recuerda  vida e historia del arriero maragato.

Muy dura debió ser la vida del arriero, aunque amasara dinero, transportando en carros o mulas salazones, vino, cereales y otras mercancías entre  Galicia, el Cantábrico y la Meseta. Muy de fiar también cuando las Casas Reales les encomendaron el transporte de los bienes más preciados.  Sin embargo no gozaron de buena fama, al menos entre algunos de los viajeros por España, porque al decir de Richard Ford, “los maragatos rara vez ceden el paso, y sus mulas siguen tercamente adelante, y como los tercios o equipaje sobresalen a ambos lados, se llevan por delante el camino entero como las ruedas de un vapor”. De todas formas, Richard Ford, versado inglés viajero del siglo XIX, de vez en cuando lanza su mensaje peyorativo hacia las cosas de España.


Opiniones  al margen, lo cierto es que este viajero del siglo XXI, ha podido disfrutar de la paz, la belleza del conjunto y la amabilidad de quien le ha atendido.