miércoles, 5 de agosto de 2020

CANCHOS DE LOSA PARDA

HACIA LOS CANCHOS DE LOSA PARDA.
Atrás quedan el “Prao Majuejo” y el “Prao Buenavida”. Surgen los primeros rayos de sol al tiempo que los senderistas siguen la amplia vía que tradicionalmente conducía a Valdelacasa. La mañana es apacible. Se respira olor a hierba seca, olor  que incrementa la suave brisa en el prolongado silencio de los campos. Es sábado y aún no se escuchan los tractores de los ganaderos que cada mañana frecuentan los ganados. Los caminantes siguen su curso bastón en mano y mochila a la espalda por la pista sin tránsito.
Acaba territorio de San Esteban y los caminos de concentración de los Santos nos acercan al cruce de caminos y la Cañada Real Soriana Occidental entre el ya despierto bullicio del rabilargo y las bandadas de inquietos abejarucos  que surcan  el cielo entre incesantes e inconfundibles chillidos. Los paneles informativos anuncian rutas de mayor o menor envergadura así como explican las Vías pecuarias que recorren estas tierras. Al borde del camino, una remozada cruz de granito  recuerda un trágico suceso sobre el que desconocemos qué ocurrió. Posiblemente una muerte en alguna reyerta. Una pareja que llega al lugar ha oído hablar de ello;  también desconoce a ciencia cierta qué aconteció.
A nuestra izquierda, soberbias paredes acotan los prados del vacuno donde entre el césped reseco crecen robles y fresnos. En el interior, las casetas de lajas de granito, guardan pienso, sirven de refugio a la ganadería y ocasionalmente al hombre.
A poca distancia comienzan los almohadillados y espinosos piornales que viven entre las fisuras del granito o las arenas de descomposición pétrea. Es enteco suelo en el que salvo estas plantas acomodadas al frío, al viento y pobreza de nutrientes no permite el desarrollo de otra vegetación. Allá donde el suelo es más profundo, en las pequeñas vaguadas, las bardas y el roble sustituyen a las espinosas plantas.
Se asciende con suavidad hacia el combado afloramiento del batolito granítico donde la vida desaparece por completo a la par que han quedado impresas las huellas seculares de extracción de piedra. Es la ancestral labor de cantería que tanto han explotado los vecinos pueblos, de forma particular el de los Santos. Estamos en los CANCHOS DE LOSA PARDA, testigo de cantería, de refugio del conejo entre el extenso piornal y de la  más grande tormenta que recuerdan los nacidos por estos pagos.
Nos encontramos  en el punto más elevado. Hace fresco y luce el sol para agrado de  caminantes. Reina de nuevo el silencio en las amplias soledades del ingente, resistente, inhóspito y  yermo suelo, interrumpido de tarde en tarde por el mugido de alguna vaca o el menos agradable ruido de motor en la lejana carretera.
Entre el gran domo y otro de menor entidad se expande una hermosa pradería cercada con su alargada caseta y dos bellos rodales de robles. Más lejos, el verde  melojo ocupa grandes extensiones. Al fondo, la montaña se eleva con  grises y azulados tonos, formas aserradas o redondeces de vieja geología.
¡Cuántas sierras, pueblos y lugares de menor entidad se contemplan desde aquí! ¡Cuántas pequeñas cosas colman de satisfacción la visita al emergente, magistral y compacto bloque!
Permanecemos durante tiempo en lo alto sin que nadie asome por allí ni perturbe la paz de esta bravía Naturaleza. A punto de partir, tres ciclistas pasan entre los piornos siguiendo el camino que nosotros realizaremos de retorno. Es hora de volver.

























miércoles, 8 de julio de 2020

¡CUÁNTA BELLEZA ALREDEDOR!


Desde las honduras del gran surco de esa “Sierra más profunda que elevada”, Cancho, Tiriñuelo y Castañar se recortaban sobre el inmenso, nítido y virginal firmamento de finales de junio en una mañana calmada de agradable sol.

Camino de Sierra Mayor, con  el Campo Charro en lontananza, todo parecía trastocado; era un paisaje de  nubes de fría apariencia, similares a las que por aquí conocen como “nubes o nieblas de cercellás” cuya frialdad trae consigo  las blancas o duras cencelladas.

A poca distancia de la Honfría de Linares iniciamos ruta hacia el Pico Cervero bajo el manto gris, nieblas deambulantes y frescas que como fluidas cortinas se abrían hacia la fronda de castaños,  robles y los helechales del verde sotobosque. No era fácil presagiar que entre San Juan y San Pedro, cuando los rigores del verano suelen ser ahornagantes, el día deparara tan placentero estado para caminar.

En las proximidades de la Hoya Cervera, en parte despejada de arbolado y donde el vacuno pastaba dulcemente, comenzaban a abrirse claros que auguraban  cielo azul,  lejanos horizontes serranos y  presumibles bancos de nieblas en algunas de las áreas circundantes. No nos equivocábamos en nuestras apreciaciones atmosféricas ni tampoco en los aprendidos metros del Cervero a pesar de los equívocos carteles previos al definitivo.

En alguno de nuestros descansos fotográficos, libres de nieblas cercanas, con el sol como compañero, el estupendo olor del tomillo que pisa la bota andariega, el vuelo de numerosas mariposas, expandíamos la mirada hacia nuestro lugar de origen con el monte del Castañar perfectamente visible, la Sierra de Béjar, Gredos, las Montañas tras la Sierra y los pueblos de esa microcomarca conocida como la Calería. Más allá el Campo Charro en el que perduraban los grises cielos que ocultaban parte de la dilatada llanura.

Hacia el rellano anterior a la cumbre, ralea el arbolado, reluce el amarillo de la genista y la piedra se convierte en protagonista de las alturas. Y desde la pequeña meseta, como esperando nuestra llegada, qué panorama más excelso, el despejado valle de las Quilamas, dédalo erosivo de inusitada belleza y..., al fondo, la Peña y la Hastiala con cordón nuboso ceñido a sus faldas, a veces coronando el sacro lugar.

Si nada en nuestro recorrido había pasado inadvertido, ni el hipérico, ni el tomillo fino, ni el auténtico, ni la cigarra, ni los colores y olores del monte…, la cima del Cervero representaba el culmen a una feliz mañana. El Cervero, acastillado y sacralizado, donde Marce deseaba posar, es regalo de perspectivas, de paisajes contrastados, de límpido aire, del bienestar que se respira en la Naturaleza y te invita a soñar.

Tras tranquilo descenso, buen vino y embutido en las mesas de la Honfría, parada en San Miguel,  y cómo no en San Esteban, concluimos con magnífica comida y atención de José Manuel y Marisa.