sábado, 4 de abril de 2020

DESDE MI CELDA. MONASTERIO DE VERUELA. GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER


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Como sabéis, Gustavo Adolfo Bécquer pasó una larga temporada en el Monasterio de Veruela, a la sombra de la gran cumbre moncaína. Trataba de aliviar la tuberculosis que le acompañó casi toda su vida. Aquí escribió, además de algunas  Rimas y Leyendas, Cartas desde mi Celda para el periódico madrileño El Contemporáneo, cartas que según parece fueron escritas en reclusión, sin la vivencia de varios escenarios aludidos, tal como expresan ciertos críticos.

Hay que imaginarse a Bécquer y familia en el silencio, entre las gruesas paredes de piedra, en sus paseos por el claustro cisterciense, la iglesia abacial, los cortos recorridos junto a la hoy denominada “cruz de Bécquer”, tal vez hasta Vera del Moncayo…, verlo mirar hacia la elevada cumbre, soñar con tan egregio panorama, respirar los aires de invierno, primavera y principios de verano, coincidiendo con la época que pasó en esta ensoñadora tierra.

En la primera de sus cartas, abandonado Madrid y ya en el monasterio escribe:

“Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas se percibe el aislamiento en que nos encontramos, antojándosenos, al ver la identidad de los edificios, los trajes y las costumbres, que al volver la primera esquina vamos a hallar la casa a que concurríamos, las personas que estimábamos, las gentes a quienes teníamos costumbre de ver y hablar de continuo. En el fondo de este valle, cuya melancólica belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio agrada y sobrecoge a la vez, diríase, por el contrario, que los montes que lo cierran como un valladar inaccesible, nos separan por completo del mundo. ¡Tan notable es el contraste de cuanto se ofrece a nuestros ojos; tan vagos y perdidos quedan al confundirse entre la multitud de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos de las cosas más recientes!

Aquí os dejo el enlace acerca de mi vivencia en el Moncayo y mis compañeros en la cima





SALAMANCA, CUATRO DE ABRIL DOS MIL QUINCE.


Es Sábado Santo.

Desde la Sierra de Francia nos hemos acercado a Salamanca; me acompaña el mismo grupo que ayer realizara la magnífica excursión por tierras de Valero. Hace una mañana luminosa y fresca, agradable para pasear y respirar el delicioso aire de primavera.

El día es hermoso, inspirador…; tan sugerente como aquella otra fecha en que al pasear las calles de esta urbe vieja, escribiera:

“Ciudad bañada de luz y piedra, blanca y azul, ocre, dorada y rodena; sostén de espirituales torres que compiten por llegar al cielo. Ciudad de arte manantial, alma viva espejada en piedra. Urbe dormida, tranquila, de espiritual tañido, cuando temprano te paseo”.
















viernes, 3 de abril de 2020

VOY A CAMINAR UN RATO.¿OS ANIMÁIS?


Hoy tengo ganas de hacer deporte, desentumecer un poco los músculos y caminar, aproximadamente diez kilómetros. ¿No me creéis? Diréis, la norma es la norma y nadie se la puede saltar. También es cierto que siempre hay excepciones y normas incomprensibles. Pero bueno, tenéis razón, yo debo quedarme recluido en casa. Recluido físicamente,  ¿mentalmente alguna norma  impide mi recorrido? Espero que no haya ningún intruso que venga a entrometerse en mi viaje mental y visual.

Mi particular itinerario se inicia el día tres de abril del dos mil quince. No os intriguéis, no penséis que empieza en aquella fecha y que continúa todavía. No, tras unas horas caminando aquella mañana, concluyó antes del mediodía.

Comenzamos en Valero en camino empedrado durante un pequeño tramo. Somos en total once personas, la mayor parte animados para caminar y conocer nuevos derroteros. Hay una persona que, aunque joven, detesta los recorridos. Se siente muy satisfecha cuando viene a casa y no hay que andar.

El camino es empinado,  no tanto que ofrezca dificultad y que el grupo no pueda seguir mi ritmo; por cierto, acomodado el paso al consumidor. Valero queda a nuestra derecha y el atractivo y límpido Quilama, en el fondo. Digo límpido por las cristalinas aguas que fluyen por su cauce, no por la maraña que inunda sus márgenes, tras años de abandono agrícola y ganadero y la incuria de una inoperante Administración, llámese Confederación Hidrográfica del Tajo.

Tomamos la primera cerrada curva y seguimos subiendo. A nuestra derecha surge otra senda cuyo discurrir es más sencillo y hoy de ella nos olvidamos. Desaparece el empedrado sustituido por piso de tierra y guijarro, a veces irregular por lo que es menester tener cuidado.

¡Tranquilos que la pendiente no se ha acabado! Con algún serpenteo, subidas menos acusadas, y engañosos falsos llanos ascenderemos durante dos kilómetros o más hasta llegar al Robladillo donde se bifurca el camino. En este primer tramo, el único exigente de nuestro itinerario, hemos ido dejando matorrales de jara,  brezo, alguna planta aromática, encinas dispersas, en la lejanía algún castaño y más lejos aún, en la otra margen del Quilama, olivares en paisajes de espectacular inclinación, oscuros encinares y maquía impenetrable, robles añosos, brezales vestidos de  flor morada, crioclásticas pedrizas, caminos de inusitado trazado y cumbres otrora fortificadas. Allá queda el Porrejón, la Hollatina, el Cervero… Y desde algún punto del camino, en lo más elevado de nuestra margen, el Castillo Viejo con sus seniles formas y la impresionante cerca que supera los dos kilómetros. A punto de llegar al merecido descanso, junto al pinar, hay una dura rampa entre un precioso bosque de encinas centenarias cuyo tronco se ha combado al unísono con el declive del terreno. Abajo, un profundo barranco que parece ir arañando más y más como si en un lejano futuro llegara a propiciar una captura fluvial.

Vinieron estupendas las galletitas, el chocolate, los frutos secos y cómo no, el descanso junto al alóctono bosque de pinos, verdadero intruso en esta tierra.

Atravesamos el pinar sombrío, de acículas y ramaje el suelo cubierto; vemos solitarios castaños y cerezos abandonados, huella de viejos cultivos cuando hasta el más recóndito lugar era aprovechado.

Apenas a unos metros,  a la izquierda surge senda sin marca alguna; ésta es la verdadera. La que sigue de frente lleva hacia  antigua zona de huertos y otros cultivos que han quedado en el olvido.

El camino es estrecho, fácil de confundir si no conoces el terreno y no vas atento. Descendemos más y más entre encinas y matorral, dispersas huellas del humano en bancales, paredes que sostienen el camino, cercados…, y frente a nosotros viña y cerezos no hace tanto dejados a su suerte. Este descenso tiene un encanto especial. Es umbroso, nos acompañan hermosos troncos de  viejas quercíneas y nos hace recordar una historia no tan lejana de estas tierras, porque el suelo es pobre, hostil al humano y sin embargo, el hombre a base de trabajo e ingenio doblegó parte de esta naturaleza, con un sentido ecológico que hoy en día no impera. Miramos hacia lo alto, a nuestra derecha, topamos de nuevo con soberbias laderas que culminan en el redondeado Castillo Viejo. Rememoramos el pasado, cuando hace décadas transitábamos estas veredas y todo estaba limpio y cuidado, cuando el caprino, el mejor de los ganados adaptado a este matorral hoy intransitable, mantenía despejadas las trochas y monte bajo. Se habla que en algún tiempo del pasado siglo las cabras de Valero superaban las cuatro mil. Conocimos a los pastores desde que con dieciocho años pisábamos estos parajes e incluso hicimos amistad que perdura con el amigo Chan, el más ágil  y mejor cuidador del ganado entre cuantos hollaban estos montes.

Cuando llegamos a terreno más suave, vamos sintiendo la humedad y el discurrir de una pequeña corriente. Los helechos ocupan un buen espacio, apenas dejan indicio de senda que al instante se abre nuevamente al cruzar el regato.

¡Sorpresa! A la izquierda del camino, una magnífica cortina con nogales y a continuación otra con cerezos. ¡Lástima, probablemente los dueños son muy mayores y el lugar está lejos para venir a cultivarlo o quién sabe, quizá los hijos han perdido la ilusión al no proporcionar ningún rendimiento y sí mucho trabajo! No sería extraño que antaño en estos cortinales sembraran patatas, berzas o remolacha y aprovecharan las aguas de la vecina corriente. Una destartalada caseta posiblemente sirvió para guarecerse en momentos de lluvias o tormentas.

La otra orilla es de vértigo. A la enorme pendiente de arbustos y encinas sucede un territorio arriscado no apto para los humanos, sí para los depredadores de estas latitudes.

Llegamos a la confluencia de los regatos. Es necesario cruzar  el que en los mapas figura como el arroyo del Horcajo y trae suficiente agua como para entorpecer el paso. ¿Qué hacemos, nos descalzamos o corremos el riesgo de que alguno caiga al charco? Colocamos algunas piedras en la corriente y entre desequilibrios, pequeño remojo y risas, cruzamos.

A mayor o menor distancia  ya no abandonamos el regato hasta que rinde sus aguas al Palla. El valle es la perfecta V fluvial, las laderas aparecen desgarradas por una violenta erosión que deja al desnudo la roca madre en buena parte del trayecto, la vegetación de las vertientes es de pobreza inusitada y el camino, un sube y baja entre las rocas que le sirven de firme y las que el hombre ha establecido para poder mejor transitar. En el cauce del río y en otros reductos se apiña el arbolado frente a la carencia en el anteriormente descrito. El hermoso camino es el típico  de herradura en el más anfractuoso de los escenarios.

El agua que se desliza por la pizarra o forma pequeños charcos alegra el paso de los caminantes. Es la grata sinfonía en medio del silencio que se respira en estos apartados lugares que a pesar de la lejanía y adversidad del terrazgo muestra indicios, al margen del camino, de antigua explotación. ¡Qué paredes más insólitas a nuestros pies y sobre el regato! Paredes de maestría que no parecen de humanos. Nos embarga pensar en tanto trabajo, seguramente lustros para concluir algunos de estos soberbios paredones de pequeños cantos de pizarra. ¡Y qué bien aplomados!

La belleza no está reñida con la pobreza; por eso,   si tuviéramos que decantarnos por pobres paisajes serranos a la par que bellos, con seguridad que nos decantaríamos por este tramo en el que la virginal estética, la paz, los más primigenios olores del campo, de la flor, la roca, el árbol nos cautivan mientras caminamos.

¡Chicos, aligerar el paso! ¡A ver si a la remolona  tenemos que ofrecerle un regalo! Ya en un santiamén estamos, descendemos esta pequeña bóveda arbórea entre  encinas y  madroños y llegamos a las piedras del descanso. Chorizo, queso, refrescos y de vino un buen trago y a correr.

Ésta es una sombra deliciosa sobre lisas pizarras al borde del regato. Estamos al lado de donde el Horcajo se une al Palla, colector mayor que labra un paradisíaco valle.

Cruzamos de nuevo el pequeño arroyo y emprendemos nuestro último trecho del itinerario, aunque haremos  una pequeña  parada en la cascada de Gancho Bermejo. Vamos a cierta distancia del cauce, continuando la orilla izquierda del Palla sin que en ningún momento perdamos la sinfonía del grato discurrir  de la corriente. Sobre nosotros se eleva un inhóspito paisaje, más propio para los animales silvestres  que para los humanos y no obstante se aprecia algún retazo de primitiva ocupación, así como entre la senda y el regato.

Mirar hacia la orilla derecha del cauce embelesa los sentidos. Es ladera densa de follaje, de arboleda tupida y rico sotobosque, de dispares verdes, de grises pedrizas y arriscadas cuarcitas que culminan cual ruiniformes castillos. ¡Y pensar que en algunos de los abrigos rocosos dejó el hombre prehistórico su impronta y que desde el alejado Valero llegaban a esta ladera a recoger las castañas!

Hoy es una selva complicada de transitar, paraíso de la fauna silvestre donde, salvo en ocasiones, no tiene al hombre como competidor, donde tiene refugio y alimento en abundancia. ¡Qué felices deben vivir los buitres, las varias parejas de águilas, la cigüeña negra, el jabalí y el zorro! Hace décadas que el lobo cerval desapareció de estas sierras. Verdadera pena.

Nos encontramos sobre la cascada de Gancho Bermejo o Cascada de la Palla, preciosa caída de limpias aguas y cristalino y redondeado charco en el que refugiarse de los rigores del estío.

Apenas veinte minutos y llegamos al final del trayecto. ¡Ánimo chicas que por lo bien que os habéis portado meréis un premio! ¿Estáis de acuerdo? Responden, “hombre, por supuesto”.

El paisaje humanizado ya no es el que fuera. Hay mucho espacio abandonado aunque se conservan olivos cuidados junto al camino. Se mantiene una era de losas de pizarra como testigo de que a pesar de los pronunciados declives y escasez de tierra hábil fue ámbito explotado. No faltan los preciosos muros con sus escaleras de acceso al bancal ni tampoco las arriesgadas paredes para hacer transitables los caminos con las bestias de carga.

Llegamos a la Junta de los Ríos, Quilama y Alagón y aquí finaliza nuestra excursión del día.
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Me preguntaréis si me he cansado, si he disfrutado, que cómo me encuentro. Sinceramente pletórico, sin agujetas, sin ningún atisbo de cansancio y con ganas de repetir. ¿Verdad que cuántos han realizado esta ruta conmigo a pie repetirían?

Espero que quienes la habéis realizado a través de imágenes y letra impresa no os hayáis desmayado en el camino por cansancio o inanición.