martes, 22 de marzo de 2016

SAN ESTEBAN DE LA SIERRA: ACTIVIDADES DESAPARECIDAS, EDIFICIOS EN RUINAS.


¡Quién que lo viviera no recuerda el olor de jaras y sarmientos en potes y panaderías, el olor del chamusco, el  del pan y hornazos al salir del horno, el aguardiente recién manado, la aceituna machacada y el nuevo aceite, la harina molida y la atmósfera de polvo en el entorno, el carbón de la fragua y el hierro incandescente, las chimeneas humeantes y aquella capa de humo que cual bruma de leña perfumada se elevaba sobre la población! Estos son los olores recordados de aquellas viejas actividades que tuvieron asiento en nuestros pueblos cuando eran hervidero de personas, cuando los más diversos oficios podían ser realizados por los habitantes del lugar, circunstancialmente por ajenos al municipio, cuando convivían agricultores-ganaderos, cabreros, herreros, banasteros, cuberos, hojalateros, panaderos y especialistas de otros oficios desaparecidos.

Eran los años en  que las piaras de cabras, ovejas, cerdos y gallinas andaban por las calles y se guardaban en las cuadras junto a caballerías, vacas o novillos. Tiempos en los que la población estaba perfectamente adaptada a aquella   vida en la que los olores del porcino, el caprino o el mular en las calles e incluso en las casas se concebían como algo natural, tan natural que nadie solía hablar de ello. Solamente los escasos forasteros urbanos veían un mundo diferente, maloliente en general, no exento de exotismo para aquellos que sabían leer la tradición, las costumbres, las formas de vida y en su interior conjugaban los olores menos agradables y aquellos otros que percibían como maravillosas  vivencias.


Nada queda en San Esteban de aquellas viejas industrias artesanas ni del ganado en calles y cuadras.  Desaparecieron fraguas, potes, molinos, particulares lagares y almazaras. Persisten vestigios,  recuerdos de ubicaciones y poco más; ninguna artesanía en funcionamiento. Todo ruinas. Los oficios de cabreros, muleros, banasteros, hojalateros etc. hace tiempo que dejaron de existir también.
Entre las tradicionales artesanías, por disponer de construcciones especiales, conviene citar potes, almazaras, lagares y molinos.

Fueron abundantes los potes, es decir, las fábricas de aguardientes y alcoholes. En la segunda mitad del siglo XX quedaban dos que desaparecieron en la década de los sesenta. Eran el pote del Tío Carlos y el del Tío Sebastián y otros socios. Anteriormente hubo uno en el Arroyo de Arriba del que no quedan restos, otro en la margen derecha del Arroyo, junto a la Pesquera de Abajo, del que permanecen las paredes, cercado que ha servido para huerto. Existió otro junto al río Alagón, en el Rolletar, que pasó a ser huerto con posterioridad. Hubo uno en el Charco Montero, en el mismo río Alagón, otro en la Hastial y otro más en el Regaderón que llamaban del Tío Primitivo, donde también existiría una almazara a tenor de las tres pequeñas muelas allí localizadas.

Durante el siglo XIX y principios del XX debieron ser abundantes los lagares particulares que poco a poco desaparecieron con la instauración de las prensas. Una casa en la Santía recibía el nombre de Lagar donde los husos permanecieron  hasta avanzada la primera mitad del siglo XX, según testimonios. En la Fuente Abajo, en la parte inferior de actual vivienda existió el Lagar, que sirvió antaño para vino y después como almazara. En la segunda mitad del siglo XX se desmanteló. La  muela forma parte de una pared cercana y tanto el huso como la gran viga fueron destruidos.

Antes de que en los años veinte se estableciera la almazara y alcoholera en el mismo edificio en  la Santía, construcción hoy sin servicio, existió una almazara en la margen izquierda del Arroyo (ahora huerto) posteriormente trasladada a la Santía (peña de jóvenes), la ya citada de la Fuente Abajo y la que había en el pote del Tío Sebastián y otros. Parece ser que en el Regaderón funcionó una almazara más.

Junto al río se establecieron tres molinos.  Cerca  del Puente Nuevo el primero; más abajo el que se abastecía de la Pesquera la Seria y el último el del Charco Molino. Éste funcionó hasta los años cuarenta. El edificio que conocemos como El Molino, en la Santía, fue el último en abrir y en cerrar. Poseía maquinaria moderna respecto a los de la margen del río y durante años atrajo población de núcleos cercanos para realizar la molienda. La vivienda sigue en pie y habitada.













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