jueves, 3 de diciembre de 2015

POR EL ALTO AGADÓN


En una mañana de límpido cielo, placentero sol y umbrías de hielo hemos recorrido el Alto Agadón (pequeño Águeda) desde el Paso de los Lobos a Monsagro( Monte Sagrado) y hasta las proximidades del Vao, itinerario de gran belleza que en un maravilloso día de otoño resulta doblemente agradable y sugestivo. 


No es solamente el abrupto paisaje del cerrado valle, sus pedrizas de crioclastia y serrezuelas cuarcíticas, los bosques de robles y castaños, los umbrosos encinares, el espeso matorral donde medran jabalíes, corzos y la cabra hispánica, los cielos surcados por el águila real, el leonado o el negro, el milano real o la cigüeña negra, las numerosas fuentes de la ruta, el siempre musical discurrir de las aguas…; es un apartado lugar, lejano a la masificación en el que disfrutar de un museo al aire libre de fósiles marinos  procedentes de un  mar somero que hace unos 450 millones de años ocupó estas soledades;  es  tierra dura en la que se conservan treinta eras, algo único, que desde la localidad descienden armónicamente colgadas hacia el Agadón que en el abismo murmura sin cesar; es la fragosa sierra del caprino y el chivo navajeño, ¡ delicia de carne!;  es tierra donde cada vez son menos los habitantes pero donde el viajero encuentra fácil conversación.



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Acabada la cuesta que viene desde el río, dos personas de la población se encuentran al sol, uno sentado y el otro de pie apoyado sobre su cayado. Cuando nos acercamos, damos los buenos días a lo que responden:

-Buenos días tengan ustedes.

Mientras uno de ellos calla el otro pregunta.

-¿De dónde son los paisanos?
- De la Sierra de Francia.
-De la Sierra de Francia somos todos, unos de la Peña “pacá” y otros de la Peña “pallá”.
- Tiene usted razón. Nosotros somos de la Peña “pallá”.
- ¿Y de dónde si se puede saber?
- Sí hombre sí. Somos de San Esteban de la Sierra.
- Oh! Cuánto me acuerdo de San Esteban y Miranda. Yo fui varios años a vendimiar cuando era joven. Buen vino y buenas bodegas tenían. Ahora nombran mucho a San Martín y no se por qué si tenía pocas viñas.
- Es verdad. Siempre hubo buen vino en nuestra tierra.

El hombre del cayado lo agita una y otra vez no en plan amenazante hacia nosotros sino por darle más énfasis a la conversación. El otro calla y escucha.

-Aquí hace cuarenta años había de todo, de todo… No faltaba de nada gracias al trabajo, trabajo, de cada uno. Ahora todo es monte, los bichos nos comen…
-En nuestro pueblo ocurre lo mismo. Se está abandonando el campo.

Blande el cayado de rabia señalando el paisaje y comienza un discurso acelerado acerca de los nuevos tiempos:

-Antes se trabajaba, nos dejaban hacer y todo lucía, se progresaba. Salimos de una Guerra Civil y fuimos avanzando. Yo compré tierras porque no tenía nada e hice buenas fincas que las tenía limpias como la plata. Ahora…, no quiero pisar en ellas. Todas están “perdidas”; a los hijos no les interesa y yo ya soy viejo. ¡Para lo que me queda de vida…! Esta generación, ¿a dónde va? Todos a la ciudad y los campos abandonados. A mi no me engañan, yo escucho, me informo, pienso… Esto es un mundo de ladrones que no devuelven ni un duro. Una ruina del campo y de todo. Os digo que a mí no me engañan. Todo son trabas, obstáculos, leyes y más leyes. No se puede hacer nada y los “jabalines” destrozan los prados, los huertos y cualquier cultivo. Aquí primero fue Reserva, ahora Parque y para qué…, para cabras, corzos y “jabalines”, solamente para bichos y para que cuatro se diviertan y se lleven los cuartos como se los han llevado. Dicen que defienden a los animales y bien claro está. Y a los pueblos y a los hombres, ¿quién los defiende? Nadie…  Los que ya somos viejos tenemos poca vida por delante. ¡Ay de la nueva generación! Os digo que esto está podrido. Promoción, promoción, promoción…, siempre de la Alberca y San Martín, que yo escucho todo, de santos y frailes…Y a los demás que los parta un rayo.
-Tiene más razón que un santo. Nadie defiende los pueblos. Tal vez hay interés en que se conviertan en una selva y se llegue al despoblamiento total.
- Pues yo os digo que a mi no me engañan, no me engañan…

En un instante de silencio realizamos unas fotos de los fósiles que adornan algunas de las paredes. El hombre silencioso sigue tomando el sol, tose y atiende a los gestos y palabras del compañero que nuevamente toma la palabra:

-¿Habéis visto los fósiles de las fachadas?
- Sí, hemos hecho un pequeño recorrido y tomado varias fotos.
-¿Sabéis de cuando son?
-Algo hemos leído.
- De cuando el Diluvio Universal. Mirar si son viejos. Vino la moda de cubrir las fachadas con piedra y todos al monte a buscar fósiles. Éste y yo no… Estamos hartos de verlos toda la vida en las laderas. Venían de otros sitios y muchos extranjeros y todos a llevarse los fósiles.
-Bueno señores, encantados de charlar un rato; vamos a continuar camino.
- Muy bien, aquí seguiremos pero por poco tiempo.
-No hombre, no piense usted que va a ser tan deprisa. Tiene usted mucha energía.
- La tuve pero ya soy viejo.

Cuando les decimos adiós y nos responden “hasta otro día, buen viaje”, el del cayado que lo mueve sin cesar vuelve a decir:

-Que a mi no me engañan los listos que se llevan el dinero y hacen las leyes a su favor, no me engañan…Si quieren que desaparezcan los pueblos, que lo digan y no nos vengan con monsergas.
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Continuamos nuestra ruta y llegados al Paso de los Lobos echamos una mirada más al valle, tomamos unas fotos y comenzamos a descender hacia nuestro lugar de origen.













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